31.3.26

Pocho Nuestro

Pocho nuestro que estás en el suelo 
santificado sea tu bombo; 
venga a nosotros tu ritmo; 
hágase tu compás, 
así en el tango como en la murga. 

La alegría nuestra de cada día dánosla hoy
y bendice nuestras gargantas, 
así como nosotros bendecimos tu rebeldía; 
no nos dejes caer en la depresión, 
y líbranos del mal. 

Murgón. 




¡Salú, troesma!

22.3.26

9.3.26

Chatarrerías del tiempo

Amadeo Ingaramo era un viejo jodido. Piamontés sanguíneo y cabrero, y como tal, furibundo anarquista, fue en su calidad de fileteador y letrista oficial de este lado del barrio que el destino le otorgó un honor singular: el de haber llevado adelante una epopeya que le confirió una modesta, aunque señalada fama entre la purretada de aquellos años, ansiosa de símbolos con los que embanderarse.

La "epopeya" que hizo entrar en esta historia al mal llevado ácrata, fue la de haber diseñado en papel de estraza, y haber pintado, en una sola tarde, el escudo del club del rioba.

Aunque menos recordado, el otro artífice necesario de la hazaña de marras fue, por supuesto, ¿y quién si no?, Richard Izurieta, el Loco Ríchar, el herrero. Hijo de un santiagueño de origen vasco y de una valiente uruguaya del Cerro, él fue quien procuró, cortó y soldó el chapón en el que el Tano plasmó su portentosa obra. Son suyas las elegantes volutas de hierro que completaron el diseño, sello magistral de su innata voluntad artística.

Y si bien al Loco se lo suele olvidar a la hora de contar la génesis del escudo, por el contrario, es ampliamente recordado por su carácter desaforado, y por el magnífico hecho —adosado para siempre a su nombre— de que, al decir del barrio, estaba, sencilla y completamente, loco. 

La purretada, mucho más sabia y prudente, disentía, y lo consideraba poco menos que un arquitecto, un ingeniero de lo divino: profeta y comandante genial de toda aventura de esas que valen la pena, su taller —punto de encuentro obligado después del fóbal— era una cueva oscura llena de aves de metal, de animales fantásticos, y, procedentes del futuro o de lejanos planetas, maquinarias estrafalarias, elegantes o toscos autómatas, ejércitos de monstruos imposibles, terribles y bellos, que mantenían en estado de ebullición la afiebrada imaginación de la pibada.

Desde aquella tardecita en que al fin fue amurado, el escudo lució durante largos años su sencilla estampa sobre el portón de entrada del clu. Mascarón de proa, bandera y símbolo de gestas variopintas, aquel escudo original descendió de su cruz, ya malherido, en una noche de tormenta.

Repuesto, pintado y repintado varias veces, fue orgulloso y enhiesto testigo de épocas de gloria, de malaria y de violencias. Los muchachos lo llevaron en el cuore y en la retina, no importa los andurriales por donde anduvieran, como el abrazo o la benévola caricia de los ojos de la vieja, durante todos los días —y creo que no miento— de sus agitadas vidas.

Salvo una deslucida fotografía tomada el día de la inauguración, borrosa y lejana —publicada en "Contraflor", periódico del barrio—, no hay imágenes de aquel escudo primigenio.

La imagen que sí se conserva y se atesora, es la de una probable reversión que algunos viejos le atribuyen a un adolescente Ricardo Barbieri, quien, antes de convertirse en fotógrafo profesional y en tanto estudiante de la escuela técnica del pasaje, dicen que se le daban bien, y vivía, de los pinceles.

Se desconoce si el por entonces nóvel artista respetó el diseño original de Ingaramo o si, por el contrario, hubo de modificarlo al gusto de las nuevas generaciones. Por lo pronto, en la memoria viva del rioba no se registran disputas, por lo que se asume que el “nuevo” escudo continuó representando fielmente el espíritu y la vocación de la barra fundadora.

Rescatada del deterioro y del olvido, aquí está; esta es la imagen de aquel corazón que —escarapela de chapa seguramente perdida en las chatarrerías del tiempo— continúa representando en el imaginario de las personas que aún lo recuerdan, a aquel ya mítico Club Social, Cultural y Deportivo “Las Patas en las Fuentes”.

Escudo de Las Patas (ca. 1967)
¡Salú!

Entrada del club hacia 1973



6.3.26

Mozo: ¡la última!

Y como el Carnaval siempre da revancha:


Los Habitués y Garufa, una yunta bien, bien diquera: Tormentas de felicidad carnavalera...

¡Salú!

1.3.26

¡Toma dos!

No hay nada que hacer; febrero... se fue, y con él el Carnaval. Pero, pero... La magia de la fiesta de Momo y el tango y murga fueyserá siempre dan revancha.

Después de la poderosa reunión con La Runfla Rioplatense, esta patota rante se da el lujo de compartir el pre-cio-so escenario de Casa Sonora allá en Ituza, con los tanguitos criollos de los troesmas de Piraña. Anote:


¿Y, qué me cuenta? Una preciosidá, vea, mire.

¿Se vemo' ahí? 

¡Salú!

22.2.26

¡Atención, zona oeste... atención!

No es por nada —y con la humildá que siempre nos caracteriza—, pero este también es un fechón.

Qué lindo que es el Carnaval, mecachendié...

15.2.26

Tome nota, por favor





14.2.26

próximas presentaciones: FEBRERO-MARZO

SERVICIO A LA COMUNIDAD CARNAVALERA:

Le dejo por aquí el detalle de las próximas funciones de Los Habitués, tango y murga fueyserá —una patota rante, poética y musical en el combate popular—. Así que, no tiene excusa, después no diga que no le avisé. ¿Se vemo' ahí?



Jueves 19/02 | noche | El Sueñero: Tomás Liberti 1133, La Boca | junto a Garufa de Constitución | a la gorra

Viernes 20/02 | noche | La PlaPla Bar: Tres Arroyos 1596, Villa Mitre | junto a La Bicicleta de Saturno | a la gorra

Sábado 21/02 | tarde-noche | triplete corsero en Zona Oeste

Jueves 26/2 | noche | Casa Sonora: Rondeau 173, Ituzaingó | junto a La Runfla Rioplatense | con entrada

Viernes 27/2 | noche | Corso de las Ranas en Parque Patricios

Sábado 28/02 | BONDI HABITUÉ | triplete corsero (desde las 19 hs.) | Haedo - Ituzaingó - Bajo Flores | YAPA

Jueves 5/3 | noche | Casa Sonora: Rondeau 173, Ituzaingó | junto al Trío Piraña | con entrada


¡Salú!




10.2.26

Volver: ¡vecina, vecino...!

El pueblo, que en su día a día sabe de malarias y mishiaduras, también conoce, curitas para el alma, algunas buenas recetas para restañar, aunque sea por un rato, el dolor de este mundo bobo. Y si no, vea: 


¿Y?, ¿qué me contursi, Pascual...? No, si no dominamos el mundo es porque no queremos, papá...

¿Se vemo' ahí?

¡Salú! Ah, y ¡feliz Carnavaaaaaaaaaaaaaaaaaaaal!

8.2.26

Volver: che, ¿y qué bondi te deja?

Un 28 de febrero, de... diez años después. 

Febrero al fin (Fotografía: Isabel Amaretto)
¡Salú!

2.2.26

¿Sos vos, pebeta, sos vos...?

Voy a arrancar esta crónica con una declaración, casi, de principios: a la muchachada habitué le gusta empilchar y verse bien. Y si a usté le parece que a veces andan medio desprolijos, tiene que ver más con los arrebatos propios de la pasión carnavalera, que con desinterés en cuestiones de la moda.

Porque el habitué será atorrante, pero dejado no es. “Antes muerto que sencillo”, “lo último que se pierde es la elegancia”, “sótano nunca, siempre terraza”, son frases que no le extrañe escuchar en el vestuario del club mientras se transmutan en mariposa antes de salir a la cancha.

¡Ah, éxtasis, gloria y loor carnavaleros...! Si no hay más que verles las caras al colocar delicadamente la flor en el ojal, la seguridá al calarse el sombrerito estiloso o darse el biabazo de glostora. A esta gente, si hay algo que les gusta, es brishar arriba del escenario.

¿Entonces? Entonces, nada. Eso: Engrupidos, no son. Pendientes de su imagen, tampoco. Más bien hacen lo que pueden con el escracho que el Barba y natura les ha dado. Y si pueden estar lindos —y cómo no, brishar, brishar, brishar—, mejor que mejor.

No obstante, en la crónica anterior mencionábamos la amarga y rotunda constatación que hizo la barra un triste día de enero próximo pasado.

¿Cuál? Pues vea: la del paso del tiempo. Pero, especialmente, su manifestación en “síntomas” que más claro echales agua. A saber: ciertas… —carajo, ¿cómo decirlo poéticamente?—. No sé…, y voto a Homero Manzi: barrigas, peladas, algún gris traicionero en el cabello; dificultades pa' leer de cerca o de lejos, nuevos anchores… En fin. Bueno. Eso. Usté me entiende.

Ahora bien, la barra —que por su naturaleza irreverente es poco afecta a los lamentos— logró dar, en un rapto de extrañísima lucidez, con una segunda revelación, esta vez de índole absolutamente práctica: y pero entonces, ¿qué pasa con la pilcha, eh?

Con curiosidá pero también con algo de tomar... perdón, de temor, con carpa miraron enderredor... ¿Y qué?, ¿se vieron? Sí. Señorita, señor, al fin SE vieron. 

Arrasados por el más puro extrañamiento, la pilcha, la vieja y querida pilcha —espejo del alma—, ajada y descosida, ya no cuadraba. Y allí Moskato, alzando un puño y maldiciendo al destino —hombre sensible—, lloró. Un montón. 

Y sí... "El saco me lo comió el perro", dijo Crespi en camiseta. Kike, en bermudas y en chancletas, mandó: "se me inundó la casa y se estropeó la pilcha, quedó hecha un pingajo". "¡Agujereé el chaleco con la ceniza del cigarro!", declaró Norton, compungido y en piyama. Los más se atrevieron a confesar que, al igual que a Nino, la camisa, los grilos, sencillamente, ya no les entraban...

—Y dígame una cosa: ¿no se les ocurrió fajarse?
—¿Fajarn..? ¡¡¡Pero qué idea magnífica!!! ¡Usté es un genio!, ¡déjeme su currículum, por favor! O sea que usté dice de agarramos a castañazos, digamos, dos, tres veces por semana, asigún, hasta bajar esos kilitos de más que... ¡Por Momo, qué maravilla, qué maravilla...! ¡Cuando se lo cuente a los muchachos!
—No. Manuel. Ponerse una faja, decía...
—Ah... ¿¡Pero usté está loco!? ¿Cómo le vamos a hacer eso a nuestras bellas cuerpas? ¿¡Qué dice...!?

En síntesis, alarmados por la magnitú del desaliño —que amenazaba torcer la imagen habitué hasta límites inadmisibles— y decididos a tomar cartas en el asunto, la barra declaró el estado de emergencia en materia de pilcha, áufit y elegancia, y se convocó a una reunión ur-gen-te. 

Esa noche —noche de Reyes, recuerdo— se hablaron muchas cosas. Lamentablemente, el acta de sesiones, prolijamente redactada por el niño Fernandito, se perdió. No obstante a lo cual, se conoce que se pudo arribar a ¡una decisión! 

—¡¿Cuál, cuál?! ¡¡¡Diga, hombre...!!!
—Armar una comisión.

Efectivamente: la Comisión de Pilcha, Elegancia, Brillo, Estampa y Tono Arrabalero. Sí, quizás la haya oído nombrar: la famosa Pebeta

Parece ser, según se dice —y a diferencia de todas las comisiones de este mundo—que su funcionamiento fue ejemplar, y acatados fielmente sus dictámenes. Es de decir que acaso esto haya tenido que ver con su prestigiosa composición: el Francés, parisino de ley y hombre de la haute couture, y la refinada Beba Chianti (por la oposición, estaba el Kike Bieckert). Gracias a sus denodados esfuerzos, PARECE que la estampa habitué volvió a lucir como en los mejores días de sus trasnochadas glorias. 

Años después, estudiosos en la materia hallaron —abandonado, olvidado o quizás perdido en la mesa de un bar de la Paternal, el Yatasto—, lo que aparentemente fuera el reglamento, o por lo menos el borrador de un reglamento redactado por esta comisión de pilcha habitué. 

Se desconoce si efectivamente esta fue la regla definitiva a la que se atuvieron a la hora de empilcharse. Lo incongruente del contenido de algunas cláusulas, hacen pensar más en un estado de delirio grupal antes que en un código hecho para ser efectivamente acatado. Tengo para mí, y ya que hablamos de personajes dados a la risa, que debe haberse tratado, simplemente, de una chanza. Chi lo sa?

En el posteo siguiente, va el reglamento, o, según amagan los restauradores, lo que de él pudo reconstruirse. Tenga paciencia. 

Así que, a la misma hora y en el mismo canal. ¡No se lo pierda!

¡Salú!

29.1.26

Enero

—Táquelotir... Nnnmmmgggh... Mierrr... Gggrrrmmm... Pucha... No hay caso, che. No cierra —constató, práctico, Nino Carcassonne esa mañana de enero. Efectivamente, no había caso; por más que tirara, estirara, metiera, aflojara, tensara, inspirara o exhalara, la pilcha habitué —caramba—, no le entraba.

—¡Y qué querés! Si hace una punta de años que no me pongo el jetra... Y en el diome, bue... Pasaron cosas —sentenció, filósofo. Y era verdá. 

Desde aquel ya mítico y triste Carnaval del 2016, el último que los viera pasear su estampa rea por callecitas y corsos de la ciudá, sí, claro que pasaron cosas. La partida del Pocho y los rituales del amor, el décimo cumplesaño, las grabetas grabadas y olvidadas, ver crecer a los cachorros, la fallida vuelta del 19 y la pandemia. Después, la fiaca.

—¿Y la pilcha? 

¡Eso! Estaba hablando de la pilcha y del pequeño temblor de ansiedá del habitué de marras al ver, ¡y con febrero casi encima!, que peligrosamente el saco le tiraba ahí en la espalda, y por más que varios gomías de la barra aportaban su granito de arena, el botón del lompa quedaba, ¡todavía!, por lo menos a tres centímetros del ojal del ídem. 

En ese instante —tenue como aleteo de mariposa—, en ese instante triste, solitario y final, la barra, al fin, comprendió.

...

¿Y? ¿No me quiere preguntar nada?

—Ejem... ¿Quizás quiera que le pregunte qué cosa comprendió la barra?
—Sí. Es usté muy amable. Gracias. 
—De nad...

La barra comprendió cuán atrás habían quedado aquellos días en qu... ¡Bah! Le resumo: la barra comprendió que el tiempo, pasa. 

...

—Una hazaña del pensamiento, digamos... ¿Y siempre son así de perspicaces los muchachos, o...?
—No se haga el vivo... ¡Y qué más quiere! Y que conste que justo ese día andaban mal dormidos...

Esa noche, se despidieron en silencio, y, taza taza, cada cual para su casa. Sospecho para mí que más de uno, en melancólicas duermevelas, habrá soñado con esbeltas estampas de titán y leoninas melenas; con el admirativo relojeo de las naifas, la campechana envidia de los cosos del otro bando. ¡Ah! Era de ver a la barra haciendo su entrada triunfal en la milonga, llegando al corso...

Otros, por su parte, durmieron a pata suelta sin preocuparse por nada.

Al otro día, unos y otros, sabedores de que "nada grande se puede hacer desde la tristeza", pusieron a trabajar la cucuza, y hubo un día en que la barra declaró el estado de emergencia en cuestiones de elegancia, y llamaron a reunión urgente. 

—¿¡Y qué pasó!?

Paciencia. Mañana le cuento.

¡Salú!

21.1.26

El estado del tiempo



14.1.26

Volver: trayectos


Yendo (Fotografía: Irene Amber)

13.1.26

Volver: yo adivino el parpadeo

Mi Buenos Aires querido (Fotografía: Irma Aperol)


12.1.26

Volver: señales (2)

Azahar azar (Fotografía: Inés Anís)


11.1.26

Nimias conspiraciones

Como ya fuimos dejando entrever en otras crónicas, la ausencia habitué de tanto tiempo, fue dando pie a toda clase de versiones, historias fantásticas o malintencionadas, biografías apócrifas y, por supuesto, leyendas urbanas de todo tipo, índole y calaña. En síntesis, alrededor de esta inocente purretada murguera se fue construyendo una red de mitos e historias, en la que no faltaron, cómo no, las teorías conspirativas.

Una de las más vistosas, digamos, y por qué no, imaginativas, fue la que unió a Los Habitués —creo que ya lo habíamos comentado— con la idea de una organización clandestina, una suerte de sociedad secreta al estilo de los Illuminati, cuyos inconfesables, malvados y maquiavélicos designios incluían, entre otros, tomar el control del mundo, lavarle el cerebro a todo ñato, y rezarle a dios Momo versitos profanos.

Según esta teoría, hasta se atreven a decir —¡ah, voto a Momo, intolerable infamia!— que nos pintamos la cara para ocultar nuestra identidá de conjurados, y que como a Clarquent, aunque tengamos la misma jeta de siempre, nadie nos reconozca…

Billete de un dólar de edición limitada: Novus Ordo Murgorum

Y uno, que busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias, y que además, tiene infinita paciencia ante la montaña de pavadas que a veces diluvia… Bueno, ¿saben qué?, ya me cansé: TIENEN RAZÓN.

Me cachaste, nos cacharon; así que, compañeros, compañeras, ¡a la voz de aura!, a salir del clóset, roperito, placarcito o lo que tenga usté en la pieza, y a terminar con esta farsa. ¡A ver esas banderas, caramba!

Tan berreta es este mundo, tan horribles los "líderes" que lo lideran que sí, ¡qué tanto! Lo digo de vuelta: ¡TIE-NEN-RA-ZÓN!

Sí, señor, sí, señorita: Así como usté la ve a esta patota rante —todos modositos, simpáticos y con cara de yo no fui—, todo, pero absolutamente todo —cada movimiento habitué, cada acción y cada inacción (más lo segundo que lo primero), cada cantarola— es un calculado y calibrado acto de su voluntad para llegar al objetivo que una noche terrible se juramentaron cumplir. 

¡Sí, es así! Cada damajuana comprada y vendida lleva mensajes, cada palabra es una cifra, o una cita; contraseña. Cada nota cantada es una clave. Así como le digo, todo pensamiento y visualización energética de la que esta patota rante es capaz está orientada, sí, ¡¡¡A LA TOMA DEL PODER!!! ¡¡¡MUEEJEJEJEJE!!!

—¡Pare un poco, exagerau! Parece Alejandro Dumas con tanto drama… Empecemos por el empiezo: ¿de qué poder me habla?

Del Poder, papá, del P-O-D-E-R. Visualice: Tener la sartén por el mango, ¿se da cuenta?, cortar el bacalao. Ser, ¡al fin!, los dueños de todas las pelotas de este mundo… Capisce?

—Ajá…, ta bien. ¿Y para qué?

Para qué… Caramba… Estemmm… Bueno, acá nos volvió a cachar, porque es ahí donde la cosa se pone un poco más peliaguda. Pero nimporta, eso después lo vamos viendo.

Por lo pronto, el estatuto secreto habitué contempla —para cuando se dea de detentar el control del orbe todo—, lo siguiente: "Art. 1.°: Declarar obligatorio que se cante en las esquinas, y poblar de corsos subversivos, desaforados, todas las callecitas del suelo patrio, y por qué no del mundo entero, ya que estamos".

Los artículos que siguen los omitimos por razones de… defensa propia. La verdá no se entiende muy bien lo que quisieron dejar plasmado los muchachos en esta suerte de Plan de Operaciones: hay quien dice que no se ponían de acuerdo, otros, que a las altísimas horas en que lo escribieron, ya ni ellos sabían qué corno querían decir. "Poner a Discepolín de presidente", "decretar el Feriado, Universal y Eterno, de Carnaval"... En fin. 

No se la voy a hacer mucho más larga, que ya viene lunga: este plan, básicamente, concebía la idea de infiltrarnos entre las élites dirigenciales de cualquier tipo y color del mundo —profesionales, religiosas y políticas, financieras, de la cultura y el deporte, de la vagancia—, para de esta manera ir ocupando lugares clave y convertirnos, sin que nadie sospeche, en líderes mundiales, influencers, en los grandes titiriteros de la política y la economía global, y extender así nuestro dominio, secreto pero benéfico, por sobre todo el universo.

El Poder detrás del Trono (Fotografía: Isabel Amaretto)

De más está decir que, por ahora, los poderosos del mundo no nos dan bolilla —casi nadie, la verdá—, y para ser honestos, debemos aclarar que nuestra influencia sobre el devenir planetario viene siendo, como usted mismo comprobará, más bien modesta: Patero dice que viene logrando que unos muchachones lo ayuden a cortar el pasto de vez en cuando; Pascualón, y valga la afinidad étnica, informó que logró que le fíen en el chino de su barrio; Bieckert, que armó una bandita pa’ jugar con agua en la vedera…

No importa; por suerte, la modestia es una de las virtudes que adornan a la muchachada habitué, y si hay que hacerse de abajo y meter las patas en el barro, manos, y patas, a la obra.

Así que insisten, persisten y no cejan: aunque todavía tarde, aunque falten eones, siguen y seguirán trabajando por un domún que se parezca un poco más al de sus sueños: un lugar donde no importe mucho la biyuya, y donde amar y reír sea preferible a cualquier cosa. Y, por sobre todo, un mundo donde a nadie le sobre, y a nadie le falte.

Así que, como en esta ya nos descubrieron —y a no lamentarse, de seguro alguna otra se nos va a ocurrir—, a seguir laburando, muchachos, muchachas y muchaches, que hay que hacer la diferencia.

Qué sé yo, no sé: pa’ que valga la pena. Digo, ¿no?

¡Salú!

10.1.26

Volver: lentejuelas que la abuela le cosió

Aplique murguero (Fotografía: Irene Amber)


9.1.26

Contraseñas

En la crónica anterior le mostraba la imagen del portal principal en el que Los Habitués se trasladan por el espacio-tiempo. ¿Se acuerda? ¡Esa! La verdá, me alegro. Porque: 

Un párrafo aparte se merece la inscripción grabada —grabada con tiza— en el portal. De don Roberto Arlt: "el futuro es nuestro por prepotencia de trabajo". 

Usté dirá: "¿Los Habitués leen a Arlt? ¡Qué bien!". Después lo pensará mejor y dirá, "pero, pero... espere un minuto... Los Habitués ¿leen?".

Sí, lo que se dice leer, leer, leen. O, en todo caso, es innegable que a esa frase la leyeron en algún lado. 

Pero la cuestión es la siguiente: ¿Qué tendrá que ver Roberto Arlt en todo este asunto?, y ¿por qué justo ESA frase del Beto? Porque es, por lo menos, curioso que aluda a la "prepotencia del trabajo", cuestión esta, la del laburo, a la que los muchachos —digamos todo— no son muy afectos.

(Fotografía: Manuel Flores)

Rememoro, y Arlt, con sus Aguafuertes, El juguete rabioso, Los siete locos, fue uno de los ídolos de mi adolescencia —y el coso este le debe más de una página feliz—, pero en este caso, usté tiene razón, no tiene que ver con nada, salvo que... Adivine... ¡Sí! En esa frase está cifrada la contraseña para atravesar, justamente, el portal. Y nuevamente usté dirá: "pero, pero... ¿por qué dejan escrita la contraseña en la puerta misma, eh?".

Bueno, pues, verá: Entre tantos trabajos y ocupaciones —los ensayos, esto, lo otro, salvar el mundo, dormir la siesta e ir a la verdulería—, Los Habitués tienen dificultades bastante serias para recordar conjuntos de información de tipo más bien, digamos, elemental. 

Y si usté les dice la contraseña, van y se la olvidan apenas dicen chau y se dan la vuelta para tomarse el piro. 

Si se las anota en un papelito, no saben qué es y lo tiran, lo pierden o se lo comen a la menor señal de peligro —sí, hay habitués con costumbres algo extravagantes—. 

Así es que democráticamente decidieron inscribirla en el portal, pa' que ninguno se la olvide. Económico, eficiente y práctico. ¿Qué tul?

—Muy interesante. ¿Y cuál es?
—¿Cuál es qué?
—La contraseña.
—No insista. Nunca la diré.
—¡Bien! Quería ver si estaba atento.
—Psss... ¿qué se piensa? 
—Bueno, y diga: ¿la patrona?
—Futuro.
—¿Perdón...? ¿Decía?
—Futuro. Futuro es la contraseña.
—…
—¿Qué pasa?, ¿qué me mira?
—La dijo, Manuel.
—¡Mecachendié!

¡Salú!

Nota mental: "FuTuRo26".

8.1.26

Volver: ¡aflojale que colea!

Barrilete suburbano (Fotografía: Irene Amber)