Amadeo Ingaramo era un viejo jodido. Piamontés sanguíneo y cabrero, y como tal, furibundo anarquista, fue en su calidad de fileteador y letrista oficial de este lado del barrio que el destino le otorgó un singular honor; honor singular que le confirió una modesta, aunque señalada fama entre la purretada de aquellos años, ansiosa de símbolos con los que embanderarse.
Porque la hazaña que hizo entrar en la historia al mal llevado ácrata fue la de haber diseñado en papel de estraza, y haber pintado, en una sola tarde, el escudo del club del rioba.
Aunque menos recordado, el otro artífice necesario de la obra de marras fue, por supuesto, ¿y quién si no?, Richard Izurieta, el Loco Ríchar, el herrero. Hijo de un santiagueño de origen vasco y de una valiente uruguaya del Cerro, él fue quien procuró, cortó y soldó el chapón en el que el Tano plasmó su portentosa obra. Son suyas las elegantes volutas de hierro que completaron el diseño, sello magistral de su innata voluntad artística.
Porque si bien al Loco se lo suele olvidar a la hora de contar la génesis del escudo, por el contrario, es ampliamente recordado por su carácter desaforado, y por el magnífico hecho —adosado para siempre a su nombre— de que, al decir del barrio, estaba, sencilla y completamente, loco.
La purretada, mucho más sabia y prudente, disentía, y lo consideraba poco menos que un arquitecto, un ingeniero de lo divino: profeta y comandante genial de toda aventura de esas que valen la pena, su taller -punto de encuentro obligado después del fóbal- era una cueva oscura llena de aves de metal, de animales fantásticos, y, procedentes del futuro o de lejanos planetas, maquinarias estrafalarias, elegantes o toscos autómatas, ejércitos de monstruos imposibles, terribles y bellos, que mantenían en estado de ebullición la afiebrada imaginación de la pibada.
Desde aquella tardecita en que al fin fue amurado, el escudo lució durante largos años su sencilla estampa sobre el portón de entrada. Mascarón de proa, bandera y símbolo de gestas variopintas, aquel escudo original descendió de su cruz, ya malherido, en una noche de tormenta.
Repuesto, pintado y repintado varias veces, fue orgulloso y enhiesto testigo de épocas de gloria, de malaria y de violencias. Los muchachos lo llevaron en el cuore y en la retina, no importa los andurriales por donde anduvieran, como el abrazo o la benévola caricia de los ojos de la vieja, durante todos los días —y creo que no miento— de sus agitadas vidas.
Salvo una deslucida fotografía tomada el día de la inauguración, borrosa y lejana -publicada en "Contraflor", periódico del barrio-, no hay imágenes de aquel escudo primigenio.
La imagen que sí se conserva y se atesora, es la de una probable reversión que algunos viejos le atribuyen a un adolescente Ricardo Barbieri, quien, antes de convertirse en fotógrafo profesional y en tanto estudiante de la escuela técnica del pasaje, dicen que se le daban bien, y vivía, de los pinceles.
Se desconoce si el por entonces nóvel artista respetó el diseño original de Ingaramo o si, por el contrario, hubo de modificarlo al gusto de las nuevas generaciones. Por lo pronto, en la memoria viva del rioba no se registran disputas, por lo que se asume que el “nuevo” escudo continuó representando fielmente el espíritu y la vocación de la barra fundadora.
Rescatada del deterioro y del olvido, aquí está; esta es la imagen de aquel corazón que -escarapela de chapa seguramente perdida en las chatarrerías del tiempo- continúa representando en el imaginario de las personas que aún lo recuerdan, a aquel ya mítico Club Social, Cultural y Deportivo “Las Patas en las Fuentes”.
¡Salú!


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