—Táquelotir... Nnnmmmgggh... Mierrr... Gggrrrmmm... Pucha... No hay caso, che. No cierra —constató, práctico, Nino Carcassonne esa mañana de enero. Efectivamente, no había caso; por más que tirara, estirara, metiera, aflojara, tensara, inspirara o exhalara, la pilcha habitué —caramba—, no le entraba.
—¡Y qué querés! Si hace una punta de años que no me pongo el jetra... Y en el diome, bue... Pasaron cosas —sentenció, filósofo. Y era verdá.
Desde aquel ya mítico y triste Carnaval del 2016, el último que los viera pasear su estampa rea por callecitas y corsos de la ciudá, sí, claro que pasaron cosas. La partida del Pocho y los rituales del amor, el décimo cumplesaño, las grabetas grabadas y olvidadas, ver crecer a los cachorros, la fallida vuelta del 19 y la pandemia. Después, la fiaca.
—¿Y la pilcha?
¡Eso! Estaba hablando de la pilcha y del pequeño temblor de ansiedá del habitué de marras al ver, ¡y con febrero casi encima!, que peligrosamente el saco le tiraba ahí en la espalda, y por más que varios gomías de la barra aportaban su granito de arena, el botón del lompa quedaba, ¡todavía!, por lo menos a tres centímetros del ojal del ídem.
En ese instante —tenue como aleteo de mariposa—, en ese instante triste, solitario y final, la barra, al fin, comprendió.
...
¿Y? ¿No me quiere preguntar nada?
—Ejem... ¿Quizás quiera que le pregunte qué cosa comprendió la barra?
—Sí. Es usté muy amable. Gracias.
—De nad...
La barra comprendió cuán atrás habían quedado aquellos días en qu... ¡Bah! Le resumo: la barra comprendió que el tiempo, pasa.
...
—Una hazaña del pensamiento, digamos... ¿Y siempre son así de perspicaces los muchachos, o...?
—No se haga el vivo... ¡Y qué más quiere! Y que conste que justo ese día andaban mal dormidos...
Esa noche, se despidieron en silencio, y, taza taza, cada cual para su casa. Sospecho para mí que más de uno, en melancólicas duermevelas, habrá soñado con esbeltas estampas de titán y leoninas melenas; con el admirativo relojeo de las naifas, la campechana envidia de los cosos del otro bando. ¡Ah! Era de ver a la barra haciendo su entrada triunfal en la milonga, llegando al corso...
Otros, por su parte, durmieron a pata suelta sin preocuparse por nada.
Al otro día, unos y otros, sabedores de que "nada grande se puede hacer desde la tristeza", pusieron a trabajar la cucuza, y hubo un día en que la barra declaró el estado de emergencia en cuestiones de elegancia, y llamaron a reunión urgente.
—¿¡Y qué pasó!?
Paciencia. Mañana le cuento.
¡Salú!
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