Usté está acostumbrado y ya lo sabe: como el derrotero mental de Los Habitués, gracias a Momo, no sigue una línea recta, estas crónicas tampoco. Cuestión que si le está costando seguir —o hasta encontrar— el hilo del asunto, es que, sencillamente, no lo tiene.
No obstante, como-para-hilar-un-poco, y, ya que estamos, dar cuenta de algunas de las múltiples ocupaciones que ocuparon su ocupada existencia durante sus años de ausencia, lea esto que sigue. Dice así:
Sí, Los Habitués parece que viven en Babia, pero no. Es una pose, un personaje, según ellos, para pasar desapercibidos a la hora de cumplir misiones peliagudas. Y, de paso, para laburar poco.
No obstante, pose o personaje, de un tiempo a esta parte se vienen avivando de que anda pasando algo grande, y, cómo no, se dieron a la tarea de averiguarlo.
¿La técnica? Acodarse en cualquier mostrador, y, según ellos, fingiendo estar en Babia, lanzarle al primer coso que por ahí ande: ¿Y, qué me cuenta de... el asunto este? O "de... este asunto", asigún el énfasis que se le quiera dar al misterio.
Lo poco específico de la pregunta, y los infinitos delirios que fueron recibiendo por respuesta, los tuvieron desconcertados y absolutamente desorientados por un largo tiempo, hasta que un buen día, una moza de la "Imperio" de Chacarita, abatida repreguntó:
—¿Usted me habla del asunto este de la IA?
—Sss... sí, sí..., claro, de la "ía" —respondió, cauto, pero con la respiración ya algo agitada, el habitué de referencia.
—Ni me hable —zanjó la muchacha entre sollozos—. Un desastre... Mi marido se la pasa hablando de fútbol todo el día con... Esa... Bichi, le dice...
¡Eureka! ¡A la marosca! ¡Kikirikí! Era eso nomás: La IA. ¡La inteligencia artificial! ¡La artíficial intéliyens!, según le dijo la chica de la "Imperio".
Pronto se empaparon de los pormenores de la historia, y, extasiados, se pusieron a saltar en una pata: ¡tenían en sus manos LA HERRAMIENTA para moldear, en pos de una causa noble, las mentes, el pensamiento, el mismísimo futuro de la Humanidá!
Cuestión que decidieron meterse a explorar el "negocio", y como Crespi tiene una computadora en la casa —o por lo menos eso fue lo que nos dijo—, allá se fueron los muchachos. Los trece.
Resultó que sí, computadora tenía. Una Commodore 64, de 1988. Para que se haga una idea, una como esta, mire qué linda:
Pero bueno, en honor de la verdad, era una más bien parecida a esta otra:
Bueno, en realidad era esta:
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| Inteligencia Abitué (Fotografía: Irene Amber) |
Pero esa no es la casa de Crespi, no se vaya a creer..., sino un cuchitril que alquila para algunos emprendimientos.
Retomando: compu tenía, lo que no tenía era espacio. Así que algo amuchaditos, se pusieron manos, y dedos, a la obra. Después de estrujarse la sesera durante varios días, al fin la bautizaron: I A. Inteligencia Abitué. Tomá mate, ¿eh, qué tul?, ¿qué le parece?, una bomba, ¿no? ¿Qué me cuenta?
Primero, difundir el emprendimiento les costó un Perú, pero a la final convencieron a un par de vecinos que se bajaran la app (se escribe así, "app", con doble P de pap-a-rulo), y comenzaron a llegar los primeros requerimientos.
Por supuesto, demás está decir —y de seguro usté ya lo habrá adivinado—que detrás de todo el asunto no había ninguna inteligencia, ni artificial ni artesanal ni de ningún tipo, más que la de nuestros pobres y a esta altura algo exigidos intelectos.
Pero como algunos habitués se consideran brillantes —o por lo menos eso es lo que dicen los caraduras— dijeron: "Cuchame, somos trece, y trece cabezas piensan mejor que una". Y aunque usted no lo crea, también dijeron: "Y ponele la firma, de seguro abarcamos casi todo el saber del orbe, sindudamente". "Vamos a andar bien", dijeron. "Vamo'a andar", repitieron al final.







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